KIRIKÚ Y LA BRUJA. O el coraje de preguntar

Kirikú y la bruja (Michel Ocelot, 1998) es una película de animación francesa inspirada en cuentos populares de la tradición africana occidental. Narra la historia de Kirikú, un niño extraordinariamente pequeño que desde su nacimiento sabe exactamente lo que quiere. En oposición, Karabá, la bruja que aterra a su aldea: les robó a los hombres, los transformó en fetiches y es acusada de haber robado el agua. El pueblo le teme y le atribuye todo el mal. Todo transcurre en un mundo de formas simples, colores intensos y paisajes abiertos que hacen visible la forma de vida de esa comunidad. Kirikú, en cambio, hace la única pregunta que nadie se atrevía a hacer: ¿por qué la bruja Karabá es mala?

Trabajé esta película durante años en clases de Religión con terceros básicos, dentro de una unidad que exploraba un elemento común en muchas culturas: la existencia de figuras con poderes especiales dentro de un sistema de creencias. Por un lado, personajes mágicos —brujas, magos, hechiceros—; por otro, figuras sanadoras —la machi, la curandera, el chamán—, con conocimientos y roles fundamentales en sus comunidades.

La película permite la comprensión de que estos roles son respuestas directas a lo que no es parcialmente controlable  —la enfermedad, el miedo, la muerte, la sequía—. Y no solo lo narra: lo vuelve visible en su propio lenguaje visual y sonoro —viviendas, vestuario, cantos, organización del espacio— sin necesidad de explicarlo. Así, Karabá, una machi mapuche, un chamán amazónico o una curandera andina ocupan distintos lugares dentro de una misma lógica humana: la necesidad de que alguien sepa, pueda y cargue con ese rol en nombre de la comunidad. Verlo en pantalla lo vuelve concreto, cercano y entendible. 

La mirada era deliberadamente antropológica. No se trataba de juzgar las creencias, sino de entender su función: qué miedos organizan, qué verdades sostienen, qué poderes legitiman. La película no explica ese mundo, lo construye ante los ojos del espectador, permitiendo que los niños lo observen, escuchen e interpreten desde su experiencia.

En las clases observábamos cómo se construyen los miedos y cómo estos se transforman en verdades colectivas. Karabá realmente amenazaba al pueblo, pero no había robado el agua. Aun así, ese miedo sostenido colectivamente le permitía manipular a su propio antojo. Ese miedo no solo se narra: se percibe en los gritos, en los silencios, en la forma en que la aldea se repliega, en la atmósfera que la rodea. Ahí estaba la invitación: comprender cómo, desde el miedo, se puede controlar a una comunidad.

Trabajar estos temas incomoda a la escuela, que ha tendido a infravalorar la capacidad analítica de los niños, justo en lo que más los define: su deseo de entender el mundo. Esta película, por el contrario, no los subestima: los convoca. Y es interesante cómo da protagonismo a un personaje infantil en un entorno cargado de todo tipo de emociones.

Su valor es claro. Primero, porque no hay héroe poderoso: Kirikú es pequeño y en el transcurso de la narración es celebrado y también desestimado por sus pares y por los adultos, pero es él quien tiene el coraje de preguntar lo que nadie se atreve. Esa osadía le permite avanzar. Su viaje no es una metáfora vacía, sino una lección sobre el costo de buscar la verdad.

Segundo, porque el motor de todo ese movimiento son dos frases que Kirikú repite con insistencia: “Yo soy Kirikú, el que sabe lo que quiere”, y la pregunta: “¿Por qué la bruja Karabá es mala?”. Kirikú sabe quién es —se lo dice a sí mismo y al mundo— y quiere saber quién es la bruja, cómo llegó a ser lo que es y por qué. Esa doble certeza —de identidad y de curiosidad— es lo que lo hace imparable. Y ello conecta directamente con el objetivo transversal de la clase: conocerse a sí mismos, autoafirmarse y permitirse hacer preguntas difíciles o incómodas para descubrir lo que quieran descubrir, porque el mundo está allí, ante sus ojos, para ser explorado.

Tercero, porque su viaje lo lleva al encuentro del abuelo, quien le entrega las respuestas que tanto buscaba. Lo hace con sabiduría y afecto. Desde ese vínculo, Kirikú puede comprender sin juzgar, tanto a la bruja como a su comunidad atrapada en el miedo.

Finalmente, porque la película confía —tal y como el proyecto Mankacen confía— en la capacidad de niñas y niños de construir sentido y pensar críticamente el mundo. Ellos no solo entienden: elaboran. Kirikú y la bruja abre ese espacio y agradezco a Michel Ocelot por atreverse a dialogar con la infancia sin subestimarla.

Alejandra Toro

Título original Kirikou et la sorcière

Año 1998

País: Francia

Director. Michel Ocelot

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