
El cine de Wes Anderson es un cine brillante y ante todo fiel así mismo. Su producción está hecha en base a evocaciones y obsesiones, que han dado como resultado una de las propuestas más originales del llamado cine de autor. En Moonrise Kingdom del 2012 insiste en la arista de las relaciones familiares disfuncionales y de adultos extraviados para contarnos una particular historia de amor.
Anderson se mantiene en el filo de lo extraordinario con un estilo y una puesta en escena de una sinceridad sorprendente. Su cine es artesanal en el sentido más noble del término. Sus personajes por regla general son observados por el realizador que los trata con auténtica curiosidad, dando forma a una de galería de peculiares. Es como si cada película fuera un artefacto, una pieza mecánica hecha en la soledad de un estudio de garaje y esbozada en cuadernos de tapa dura.
En Moonrise Kingdom, fiel a su estética, crea atmósferas notables para contar una historia de amor entre dos niños, que descubren desde su rebeldía la potencia de ser protagonistas de un sentimiento que los marque, sacándolos del carácter de extraños para enviarlos directamente a la categoría de personas especiales.
La acción transcurre durante la estadía de los protagonistas en un campamento de verano de una tropa scout. Anderson usa a la tropa como reemplazo de la familia. En el campamento los niños aprenden, a través de modelos a escala, como en un laboratorio, sobre jerarquías y honor. En el centro de su experiencia como niños exploradores está la observación cuidadosa de un código de conducta que los hace a todos iguales.
Todos sabemos que al realizador no le interesan los adaptados, a él le interesa cierta poética de la rebelión de los nerds obsesionados por sus propias ideas. En este caso por la idea del amor. La trama no hace alarde del encuentro o del descubrimiento. No es una versión renovada de Melody, el clásico film sobre el romance infantil de los 70. Es cierta determinación a rebelarse lo que mueve lo inevitable del encuentro, del escape y del pacto de la pareja protagonista.
Y si bien se podría escribir mucho sobre los protagonistas y su comunicación breve y concisa, lo que logró captar mi atención fue el museo adulto que los rodea. Todos marcados por la neurosis de vidas fracasadas e impuestas, que son notablemente perfilados sin que el relato pierda el carácter de fábula que tanto le gusta al realizador. Al punto que logra representar de manera notable la principal duda que tenemos sobre los adultos cuando somos niños; la sospecha de cierto falseamiento de los sentimientos.
En su factura el film remite a Fantástico señor zorro, que también tiene diálogos basados en cierta austeridad. En ambos usa un contrapunto notable con la banda sonora y mucho contraplano entre personajes que se miran a los ojos. Con estos elementos arma un relato donde la opresión del fracaso y del abandono son presentados desde una detenida observación, donde prima la empatía del realizador con todos sus personajes.
Sobre el tratamiento visual hay que resaltar la cantidad de citas a la incipiente cultura televisiva de los 60 y 70, que se presentan como la fábrica de los héroes que ambos protagonistas evocan en su estética, sus movimientos y sus juegos. El gorro de Daniel Boone es un notable ejemplo de eso.
Moonrise Kingdom deja la sensación de que Anderson dialoga consigo mismo y fiel a su culto a los desadaptados nos muestra la capacidad de sobrevivir en base a crear universos privados, donde la realidad se recrea en el sentido más estricto. Finalmente en ese espacio irrumpe el primer amor al que le da una mirada fascinante.
Pese al tono de parábola una vez más excluye cualquier idea moralizante, no hay moraleja pero sí un final feliz como en las series de televisión de antaño.
Rosario Puga
Año: 2012
Título original: Moonrise Kingdom
Duración 94 min.
País: Estados Unidos Estados Unidos
Dirección: Wes Anderson



