EL NIÑO Y LA GARZA. Al encuentro de un gran creador

Al igual que El viento se levanta, EL NIÑO Y LA GARZA calza a la perfección con la idea del cierre de un legado. No obstante haya otras producciones en el futuro, aquí existe una conclusión. La propuesta se traduce en una exigencia para sus audiencias, que deben decidir si quieren completar el camino. Recorriendo un último trecho, hecho con las mismas claves visuales de siempre, que en esta ocasión tuercen su simbología y hacen aún más compleja la sicología de su protagonista, alejando la fantasía de toda idea de redención, anclando en un mundo que se declara sin sentido.

El título original de este magnífico trabajo es ¿Cómo vives?  y fue cambiado para el mercado occidental a  El niño y la garza, cediendo una vez más a la idea de mantener a la animación asociada al reino de lo infantil. Con eso se provoca la primera disonancia con el sentido que estructura el relato. Porque la pregunta de cómo vives atraviesa y sostiene todo lo que Miyazaki plantea,reiterando la interrogante de cómo habitar un mundo que vive eternos y sucesivos ciclos de destrucción. 

Esta interrogante, que también puede entenderse como el núcleo del conjunto de su obra, esta vez está marcada por la vivencia de un tiempo que se cierra. Se trata del tiempo de la vida del mismo realizador, quien nos presenta una película con todo el esplendor de su genio pero que esconde un pesimismo definitivo.

La historia está hecha a partir de recuerdos personales y gira en torno a Mahito un niño de 12 años, que vive la muerte de su madre en un bombardeo en Tokio en 1943. La pérdida de la madre lo hace parte de la tragedia colectiva que trastoca su mundo. Incapaz de elaborar su propio duelo como parte de un drama personal que es también colectivo, asume la nueva normalidad que le impone su padre. 

El padre se vuelve a casar, convirtiendo a la hermana de su esposa en la madrastra de su hijo. La imposición de esta nueva vida deja a nuestro personaje retenido en un espacio vacío. En el limbo de su aislamiento irrumpe el mundo fantástico hacía donde lo empuja la garza, bajo la falsa promesa de que puede salvar a la madre. El ser fantástico lo engaña con el único propósito de salvar su propio mundo. El viaje que emprende es ante todo una arbitrariedad, levemente guiada por la madre, que lo lleva a enfrentarse con el dolor y con la única respuesta ante el duelo: intentar seguir viviendo.

Antes del desenlace vemos una serie de deslumbrantes secuencias, que esta vez no conducen a la redención de los personajes, solo harán posible la continuidad de la vida después de la pérdida. Esas impactantes imágenes nos hacen testigos del derrumbe del mundo creado por Miyazaki a través del conjunto de su obra. En ese punto el filme desata un malestar en quienes se resisten a la premisa que mueve los hilos de la historia.  Porque pese a que el propio realizador le dé una salida de fábula, poniendo en la resiliencia del protagonista un punto de esperanza, todo es relativo y hay un tono de destrucción que se impone por sobre todo lo demás. El único camino que le queda a Mahito, como le señala su tío ante su inminente final, es crear un mundo propio para vivir. En ese punto vemos la paradoja de la vida del propio realizador, frente a la cual proclama el absurdo de su propio esfuerzo.

En El viento se levanta la respuesta frente a la destrucción es la frase “debemos intentar vivir”. En El niño y la garza, Miyazaki proclama la caída del mundo que creó como hábitat de sus propios sueños e insiste en la misma respuesta pero con un tono diferente. No cabe duda que el filme es una despedida a lo grande, donde el cineasta hace desfilar toda la simbología construida a lo largo de una vida de trabajo, en la que instaló la idea de que para vivir dependemos del acto de re-crear nuestro propio mundo.

Para muchos de sus seguidores la propuesta puede resultar confusa. La pregunta que deben hacerse es si quieren ir a donde Miyazaki los quiere llevar, hablando el mismo lenguaje deslumbrante de sus obras anteriores pero con una reflexión más caótica y sombría. Hacerlo exige sacrificar las expectativas que provoca la relación con su poética para darle la oportunidad a un genio de decir lo que le queda por decir.

El genio de Miyazaki marcó nuestro modo de imaginar y con esa convicción pone ante nuestros ojos el derrumbe definitivo del universo fantástico que eligió para vivir. Al final ¿Cómo vives? Es un acto de intimidad y una despedida. Tal vez no sea el último gesto, pero es el definitivo.

Rosario Puga

Título original: Kimitachi wa dô ikiru kaaka.

Año 2023.

Duración: 124 min.

País: Japón.

Dirección: Hayao Miyazaki.

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